Mi nombre es Mauro. Nací en Bahía Blanca, Argentina, allá por 1976, cuando el mundo todavía era analógico y las fotos no se sacaban con el celular, sino con rollo. Desde 2001 estoy felizmente casado con Laura, mi compañera de aventuras, y juntos somos los orgullosos padres de Mateo y Victoria.
Entre 1998 y 2000 fui misionero de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días en las provincias de Santa Fe y Entre Ríos. Esa experiencia me enseñó a escuchar, a observar y a conectar con las personas.  Habilidades que, sin saberlo, más adelante también me servirían detrás de la cámara. Soy Técnico Químico y Técnico Universitario en Industrias Alimentarias, y desde 2004 trabajo como técnico en el área de Microbiología de un importante laboratorio. Sí, paso mis días entre microscopios y bacteria, pero prometo que mis fotos salen libres de gérmenes.
Soy fanático de Tolkien, The Beatles y Les Luthiers (porque en esta vida hay que saber soñar, cantar y reírse). Desde joven me apasiona grabar videos; siempre fui el que andaba en todos lugares con cámara en mano. En 2011, cuando finalmente tuve mi propia cámara digital, decidí que era momento de tomármelo en serio y empecé a estudiar fotografía. Me enamoré de la naturaleza y, muy especialmente, de la fotografía de aves: paciencia, silencio y ese segundo mágico en el que todo encaja.
En febrero de 2012, Virginia y Matías tuvieron la valentía —o la inconsciencia— de convocarme para fotografiar su boda. Ese fue el punto de partida de esta hermosa aventura en la fotografía social y familiar. Desde entonces me capacité con grandes fotógrafos locales, nacionales, e internacionales (Diego Castares, José María Jáuregui, Sergio García Pedroche, Gustavo Pomar, Eduardo Longoni, Emma Pedemonte, Florencia Melero y Ramiro Rodríguez, Amparo Muñoz Morellá, entre otros) aprendiendo que detrás de cada técnica hay algo mucho más importante: la emoción.
En esta marea infinita de imágenes que nos inunda cada día, ¿cuáles son las que realmente importan? Con el tiempo, esas fotos serán el único puente hacia lo que fue: el “sí, quiero”, el bebé que hoy es adulto, el abrazo del abuelo que ya no está. A veces olvidamos lo valioso que es conservar los recuerdos que de verdad cuentan.
Por eso, mi propósito como fotógrafo es simple y enorme a la vez: transformar tus momentos especiales en recuerdos que no solo se miran… sino que se vuelven a vivir:  
¡Instantes que duran toda la vida!
Yggdrasil y la fotografía de familias: un legado que crece con el tiempo
En la mitología nórdica, Yggdrasil es el árbol que une el pasado, el presente y el futuro. Sus raíces guardan la memoria, su tronco sostiene la vida y sus ramas abrazan a las nuevas generaciones.
Esa misma idea inspira el símbolo de Mauro Rosell Fotografía.
Como fotógrafo de familias en Bahía Blanca, creo que cada fotografía es una nueva hoja en ese gran árbol familiar. Un instante que hoy emociona y que, con los años, se transforma en un tesoro para hijos, nietos y quienes vendrán después.
Las familias cambian, crecen y escriben nuevas historias, pero sus raíces permanecen. La fotografía tiene el poder de conservar esos vínculos invisibles, de conectar generaciones y de convertir un momento cotidiano en un recuerdo eterno.
Por eso Yggdrasil representa mi trabajo: porque fotografiar una familia no es solo capturar una imagen, sino preservar un legado que seguirá creciendo mucho después de que la cámara se haya detenido.

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